sábado, 6 de julio de 2013

CAPÍTULO 12.

“Hoy es el día”-pensé nada más despertarme.
Me levanté de la cama y caminé hacia el armario. Saqué mi ropa y fui a las duchas.
Terminé de ducharme y de arreglarme siguiendo la rutina que hacía desde siempre.
Bajé a desayunar. Fui hacia la barra y me dieron mi porción de desayuno, luego, caminé hasta mi mesa, en la que después se acoplaron mis compañeras de habitación.
En ese momento, empiezan todos a cantarme “cumpleaños feliz”. Aunque no fuera para nada feliz, me iban a echar por cumplir ya los 18 años.
Les dediqué a todos una falsa sonrisa, no estaba de humor.
Terminaron de cantar, y yo iba a subir a mi cuarto cuando la directora me detiene en las escaleras.
-Solo quiero despedirme de ti.-dijo cariñosamente.
-Vale.-dije cortante.
-Siento mucho esto, para mí también es difícil.
-Lo dudo.-repliqué.
-Y lo que más siento es que desde la muerte de Alexis te hayas vuelto tan fría conmigo. Siempre te quise como a una hija, no me gusta que te comportes así.-dijo ahogándose en lágrimas.
-Pues yo a usted, como una madre. Pero una madre no echa a su hija.
-Cariño, son las reglas.-dijo, de nuevo, cariñosamente.
Le di la espalda, terminando de subir las escaleras hasta llegar a mi habitación.
Cuando estuve lista me despedí de mis compañeras. Ellas estaban llorando, yo no.
-Te echaremos de menos.-dijo Adriana.
-Y mucho.-añadió Wendy rompiendo a llorar.
Sonreí amablemente mientras abría la puerta. Me coloqué la bandolera donde tenía mis cosas más importantes y, con una mano, sostenía la mochila con ruedas. Con la otra, cuando ya estuve fuera, cerré la puerta.
Bajé las escalaras lentamente y con mucho cuidado para no tirar nada, llegué al piso de abajo y estaba la directora con un sobre en la mano.
-Quiero darte esto.-dijo ella tendiéndome dicho sobre.
-¿Qué es?-pregunté con indiferencia.
-Dinero.
-¿Y por qué?
-Porque me cuesta mucho saber que te vas y quiero darte dinero para que por lo menos, durante unos días, no lo pases tan mal.
-No me hace falta, ya he cogido dinero de unos ahorros.
-Sí que te hace falta.
-A lo mejor. Pero ese dinero me lo tienes que dar a mí y a todos los que se vayan, porque es muy duro que te echen de tu única casa en la que has vivido prácticamente toda tu vida con las manos vacías.-dije seria.
Ella se quedó callada y yo continué hasta llegar a la puerta. La abrí delicadamente pudiendo ver a cámara lenta como la luz del exterior iluminaba el lúgubre vestíbulo del orfanato. Pude ver colinas de distintos verdes, flores de varios colores, árboles llenos de vida, el cielo azul y algún pájaro. Todo estaba en perfecta armonía. Para mí esto no era nuevo del todo, pero desde que se fue Alex, que hacen ya 2 años, no nos han dejado salir del orfanato. Ni si quiera al jardín.
Me encontraba en una acera estrecha. Podía ir a la izquierda o tal vez a la derecha. También podía cruzar la calle. Elegí ir por la derecha.
Mientras caminaba observaba detenidamente cada paso que daba y cada farola, poster, etc. que veía.
Tras varias horas caminando llegué a un parque. Allí me senté en un banco a descansar.
A los pocos minutos, un chico de ojos claros, se sienta a mi lado. Este chico me resultaba conocido.
Noté que me observaba y me molestó, no llevaba un día gratificante.
-¿Qué?-pregunté  explotando de rabia.- ¿Tengo monos en la cara o cara de mono?
Él se rio y yo me sonrojé. Me vino a la mente, que lo que acababa de decir, lo decíamos los niños del orfanato cuando se nos quedaban mirando de esa manera.
Él ignoró la pregunta y acostó la cabeza en la parte superior del respaldar del banco en una posición que le permitía ver el cielo. Entonces fui yo la que le observó detenidamente.
-Esa es una maleta muy grande.-dijo rompiendo el silencio.
-¿Eh?-pregunté distraída.- ¡Ah! Es que me acaban de echar.
-¿De tu casa?-preguntó extrañado mientras se colocaba bien.
-Se podría decir que sí.-contesté dudosa.
El silencio volvió y yo me quedé pensando en que por qué le estaba contando todo a un desconocido. Aunque me sentía muy bien con su compañía.
-Dime tu nombre.-exigió amable.
-¿Y si no quiero?-pregunté malhumorada.
-Vale, vale, no me comas.
Abrí los ojos como platos. Esa también era una de las frases que decíamos los niños del orfanato de 5 años.
-Me llamo Je…Josefina.-claramente mentí.
-Sí, y yo Pepito.-replicó irónicamente.
Reí por su comentario.
-Vale, me has pillado.-dije entre risas.-Me llamo Jessica, ¿y tú?
-Pepito, ¿no te lo dije antes?-preguntó aguantando las risa.
Le miré con una mirada fulminante.

-Me llamo Kevin.

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