“Hoy es el día”-pensé nada más despertarme.
Me levanté de la cama y caminé hacia el armario. Saqué mi
ropa y fui a las duchas.
Terminé de ducharme y de arreglarme siguiendo la rutina
que hacía desde siempre.
Bajé a desayunar. Fui hacia la barra y me dieron mi
porción de desayuno, luego, caminé hasta mi mesa, en la que después se
acoplaron mis compañeras de habitación.
En ese momento, empiezan todos a cantarme “cumpleaños
feliz”. Aunque no fuera para nada feliz, me iban a echar por cumplir ya los 18
años.
Les dediqué a todos una falsa sonrisa, no estaba de
humor.
Terminaron de cantar, y yo iba a subir a mi cuarto cuando
la directora me detiene en las escaleras.
-Solo quiero despedirme de ti.-dijo cariñosamente.
-Vale.-dije cortante.
-Siento mucho esto, para mí también es difícil.
-Lo dudo.-repliqué.
-Y lo que más siento es que desde la muerte de Alexis te
hayas vuelto tan fría conmigo. Siempre te quise como a una hija, no me gusta
que te comportes así.-dijo ahogándose en lágrimas.
-Pues yo a usted, como una madre. Pero una madre no echa
a su hija.
-Cariño, son las reglas.-dijo, de nuevo, cariñosamente.
Le di la espalda, terminando de subir las escaleras hasta
llegar a mi habitación.
Cuando estuve lista me despedí de mis compañeras. Ellas
estaban llorando, yo no.
-Te echaremos de menos.-dijo Adriana.
-Y mucho.-añadió Wendy rompiendo a llorar.
Sonreí amablemente mientras abría la puerta. Me coloqué
la bandolera donde tenía mis cosas más importantes y, con una mano, sostenía la
mochila con ruedas. Con la otra, cuando ya estuve fuera, cerré la puerta.
Bajé las escalaras lentamente y con mucho cuidado para no
tirar nada, llegué al piso de abajo y estaba la directora con un sobre en la
mano.
-Quiero darte esto.-dijo ella tendiéndome dicho sobre.
-¿Qué es?-pregunté con indiferencia.
-Dinero.
-¿Y por qué?
-Porque me cuesta mucho saber que te vas y quiero darte
dinero para que por lo menos, durante unos días, no lo pases tan mal.
-No me hace falta, ya he cogido dinero de unos ahorros.
-Sí que te hace falta.
-A lo mejor. Pero ese dinero me lo tienes que dar a mí y
a todos los que se vayan, porque es muy duro que te echen de tu única casa en
la que has vivido prácticamente toda tu vida con las manos vacías.-dije seria.
Ella se quedó callada y yo continué hasta llegar a la
puerta. La abrí delicadamente pudiendo ver a cámara lenta como la luz del
exterior iluminaba el lúgubre vestíbulo del orfanato. Pude ver colinas de
distintos verdes, flores de varios colores, árboles llenos de vida, el cielo
azul y algún pájaro. Todo estaba en perfecta armonía. Para mí esto no era nuevo
del todo, pero desde que se fue Alex, que hacen ya 2 años, no nos han dejado
salir del orfanato. Ni si quiera al jardín.
Me encontraba en una acera estrecha. Podía ir a la
izquierda o tal vez a la derecha. También podía cruzar la calle. Elegí ir por
la derecha.
Mientras caminaba observaba detenidamente cada paso que
daba y cada farola, poster, etc. que veía.
Tras varias horas caminando llegué a un parque. Allí me
senté en un banco a descansar.
A los pocos minutos, un chico de ojos claros, se sienta a
mi lado. Este chico me resultaba conocido.
Noté que me observaba y me molestó, no llevaba un día
gratificante.
-¿Qué?-pregunté
explotando de rabia.- ¿Tengo monos en la cara o cara de mono?
Él se rio y yo me sonrojé. Me vino a la mente, que lo que
acababa de decir, lo decíamos los niños del orfanato cuando se nos quedaban
mirando de esa manera.
Él ignoró la pregunta y acostó la cabeza en la parte
superior del respaldar del banco en una posición que le permitía ver el cielo.
Entonces fui yo la que le observó detenidamente.
-Esa es una maleta muy grande.-dijo rompiendo el
silencio.
-¿Eh?-pregunté distraída.- ¡Ah! Es que me acaban de
echar.
-¿De tu casa?-preguntó extrañado mientras se colocaba
bien.
-Se podría decir que sí.-contesté dudosa.
El silencio volvió y yo me quedé pensando en que por qué
le estaba contando todo a un desconocido. Aunque me sentía muy bien con su
compañía.
-Dime tu nombre.-exigió amable.
-¿Y si no quiero?-pregunté malhumorada.
-Vale, vale, no me comas.
Abrí los ojos como platos. Esa también era una de las
frases que decíamos los niños del orfanato de 5 años.
-Me llamo Je…Josefina.-claramente mentí.
-Sí, y yo Pepito.-replicó irónicamente.
Reí por su comentario.
-Vale, me has pillado.-dije entre risas.-Me llamo
Jessica, ¿y tú?
-Pepito, ¿no te lo dije antes?-preguntó aguantando las
risa.
Le miré con una mirada fulminante.
-Me llamo Kevin.
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